ISSN:2157-0159

Textos Híbridos

Revista de Estudios sobre Crónica y Periodismo Narrativo

Gilda Luongo

Palabras para Pedro Lemebel

Código DOI: 10.15691/textoshibridos.v5i1.67 Páginas: Fecha de Publicación: 04-01-2016 Ver volumen

Resumen

Pedro siempre quiso vivir. Algo sabroso había en este despliegue de movimientos. Sus movimientos. Era imparable. Caminaba rápido como si algo estuviera esperándolo a la vuelta de la esquina. Se negaba a hablar de la muerte como posibilidad. La fue atisbando de a poco, desde su rabia, su tristeza. Nos acompañábamos en ello porque compartíamos el cáncer de laringe. Ese “compartir” con Pet desde diversos lugares era nuestra zona amorosa. Al comienzo nos reíamos a mandíbula batiente de nuestra diferencia enferma y su amenaza de muerte, esa sombra que la cubre siempre. Quienes compartían las onces deliciosas en su depa, se desconcertaban que nos pudiéramos reír así, de ese modo irreverente de esta enfermedad tan seria. ¡Si no era divertido! Pero habíamos entrado al clan y entonces nos reíamos alterando esa gravedad. Aprendimos lo funesto que significaba para otros y otras el hecho de que nuestra voz fuera cambiando y se hiciera inaudible. Los gestos eran nuestros aliados. Hablamos de lo molesto que se hacía cuando, en situaciones sociales, quedábamos silentes porque los demás conversaban entre ell@s. No existíamos porque nuestra voz se había silenciado. Esto se hizo más radical luego de su laringectomía total. Entonces él usaba estrategias para llamar nuestra atención: golpeaba la mesa, chasqueaba los dedos y al final-final usaba un acelerado “ch-ch-ch-ch”. Aprendimos rápido a escucharlo así. No es fácil experimentar el silencio obligado por la enfermedad. Sin embargo, siempre llegábamos a esas zonas luminosas que nos levantaban como resortes recién aceitados para seguir adelante. Bailar y escuchar música. Él pedía nuestras historias, que le contáramos nuestras “cosas”, nos reíamos cáusticos, irónicos. Siempre nos reímos con Pet. Era, creo, un modo de exorcizar nuestras tristezas más profundas, pero también con ella nos cubríamos para darnos luz, una luminosidad que permite continuar adelante con la vida ardua. Era un goce multiplicado que él sabía compartir tan bien con quienes lo rodeaban. Hubo un momento en que la risa comenzó a abandonarnos en nuestros encuentros y se sentó a nuestra mesa la rabia. Era inevitable. Pero la rabia es un movimiento que alienta, que despierta anhelos, deseos, reacciones, ideaciones. Pedro nunca aceptó la depresión como lugar posible para él, eso era para burgueses. Había que sacar fuerzas de flaqueza. Nos lo habían enseñado nuestras madres proletarias. Para ellas no cabía estar deprimidas. Yo le manifestaba lo feroz que era para mí como feminista ese lugar. Discutíamos, oscilando entre la admiración y la pena por estas mujeres nuestras que no pudieron permitirse la vulnerabilidad. De todos modos esta actitud vital nos había marcado a fuego nuestros corazones locos. Junto a esa fuerza, Pet amaba las ternuras, esas de las que podíamos ser capaces las mujeres “fuertes”. Sé que le regalé las más bellas de las mías, las más suavecitas, las más querendonas, las más aterciopeladas y él las recibía contento, en una dicha silenciosa que lo reconfortaba. Tanta vida compartida desde lo amoroso-generoso, sin cálculo, sin desconfianza. Ese es nuestro tesoro. Brillará para siempre en mi memoria.

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